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Raúl Madrid, profesor y director del Departamento de Derecho y Tecnología: ¿Prohibir la inteligencia artificial en las aulas?

12 mayo 2026

La discusión sobre el uso de la inteligencia artificial (IA) en educación se ha vuelto extrañamente binaria. Por una parte están los que anuncian una catástrofe intelectual inminente, con alumnos incapaces de escribir y una educación rendida ante la automatización del pensamiento. Por otra, están los que consideran que no hay razón para alarmarse, porque la inteligencia artificial sería solo una herramienta más, comparable al buscador web, al corrector ortográfico o a la calculadora. El problema de fondo, sin embargo, no es si la IA es buena o mala en sí misma, sino qué le ocurre a la inteligencia humana cuando ciertas tareas dejan de ejercitarse porque una máquina las ejecuta antes, más rápido y con una apariencia convincente de coherencia.

Un estudio reciente del MIT ha dado argumentos serios a quienes temen que el uso intensivo de estas herramientas tenga un costo cognitivo real. Se compararon tres grupos: uno que escribía ensayos con ChatGPT o sistemas similares, otro que utilizaba buscador web sin IA y un tercero que escribía sin herramientas externas. Según el estudio, la conectividad cerebral disminuyó sistemáticamente a medida que aumentaba el apoyo externo. El primer grupo reportó menor sentido de autoría sobre sus escritos y exhibió peor capacidad para citar, poco tiempo después, lo que acababa de escribir. Este fenómeno ha sido descrito como “deuda cognitiva”: algo que alivia el esfuerzo inmediato, pero podría debilitar la memoria y el aprendizaje profundo.

Un segundo trabajo, realizado en Kennesaw State University, llegó a una conclusión distinta, aunque no contradictoria. Observó que los alumnos no simplemente entregan el trabajo a la IA, sino que muchos la usan para generar ideas o destrabar un momento de incertidumbre, y que a partir de ahí corrigen y continúan escribiendo por sí mismos. Según esta investigación, la IA aparece al comienzo del proceso o en momentos de atasco, pero los alumnos conservan el control sobre el argumento y la formulación final.

A primera vista, ambos estudios se contraponen, pero en realidad podrían ser complementarios. El primero muestra que hay un riesgo efectivo de disminución cognitiva cuando la IA reemplaza demasiado pronto el esfuerzo intelectual propio; el segundo, que a veces la IA no sustituye la escritura, sino que la desencadena. La diferencia decisiva, entonces, no estaría en si la IA se usa o no, sino en qué momento del proceso interviene y qué tan sólido es el trabajo interior que la precede.

Esto permite ver con mayor claridad cómo lidiar con la IA en clases. En la actualidad se advierte una tendencia a discutir los problemas tecnológicos en términos normativos demasiado simples, pues se duda entre prohibir o permitir, entre castigar o tolerar, pero con la realidad digital esa alternativa resulta insuficiente. Prohibirla del todo es ilusorio; aceptarla sin condiciones sería irresponsable. Es muy posible que el camino adecuado no consista en optar por soluciones radicales, sino en identificar qué tareas deben seguir siendo irrenunciablemente humanas, si queremos formar personas capaces de pensar y no solo de administrar respuestas producidas por otros.

En otros términos: el problema de fondo no es solo el plagio ni la eventual trampa académica, sino la pérdida de la agencia intelectual, esto es, el momento en que el alumno empieza a tratar como suyo un pensamiento que en realidad no ha recorrido internamente. La IA usada antes del esfuerzo puede clausurar el aprendizaje; utilizada después, en cambio, puede ayudar a perfeccionar lo efectivamente pensado.

Por ello, antes que poner el énfasis en detectores automáticos o en reglamentos detallados, sería aconsejable rediseñar las prácticas docentes, incorporando más defensa oral de trabajos y más versiones sucesivas con comentarios intermedios, con momentos en que el alumno deba explicar por qué eligió un argumento y descartó otro, de dónde proviene una idea y cómo llegó a ella. En otras palabras, menos culto al producto final y más atención al proceso de formación del juicio.

La IA exacerba la tendencia a valorar el producto final, al ofrecer textos terminados unidos a una atractiva sensación de suficiencia, pero educar no consiste en producir resultados con la mayor eficiencia posible, sino en desarrollar la capacidad de comprender, discernir y expresar la realidad con voz propia.

Parece necesario —en consecuencia— preservar un espacio humano de elaboración propia antes de recurrir a la asistencia automática; usarla sin abdicar del trabajo previo de pensar por nosotros mismos. Una sociedad que entrega demasiado pronto sus operaciones intelectuales a las máquinas corre el riesgo de no advertir, con el tiempo, que ha dejado de ejercitar las facultades que la hacían libre. El peligro no es solo que una IA escriba por nosotros, sino que dejemos de notar cuánto de nuestra propia inteligencia se vuelve prescindible cuando aceptamos que lo esencial ya venga pensado desde afuera. En educación, ese umbral no debería cruzarse.

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